
Reseña de Venecia: Strange River presenta a Jaume Claret Muxart como un gran talento
Viajar por tierras extrañas puede desorientar. Las rutinas establecidas pierden su sentido. Paisajes, sonidos y olores desconocidos pueden disparar viejos recuerdos o deseos completamente nuevos. Estrenada en la sección paralela Orizzonti del 82.º Festival de Cine de Venecia, Strange River, ópera prima del cineasta catalán Jaume Claret Muxart, te lleva de viaje en carretera con una familia española por el sur de Alemania. Lo que empieza como un fresco despreocupado y veraz de la vida cotidiana va perdiendo gradualmente el contacto con la realidad y deriva hacia un ámbito más onírico. En ocasiones remite al minimalismo lírico de Angela Schanelec o al surrealismo codificado queer de Apichatpong Weerasethakul; la película, engañosamente sencilla, puede requerir varias visiones para descubrir lo que se oculta bajo su preciosa y despreocupada superficie.
No hay mucho en términos de trama. Nos unimos a Didac, de 16 años (Jan Monter), sus padres y dos hermanos menores mientras recorren en bicicleta el Danubio en Alemania. Discuten, se bañan, montan el campamento, siguen el viaje. Por la noche, Didac repasa versos de una obra con su madre, lucha con sus hermanos o se queda mirando al vacío, atrapado en su propio mundo. Lo poco que sabemos de esta familia se revela en conversaciones pasajeras; por ejemplo, que ambos progenitores saben que Didac es gay y que sufre por un chico del pueblo que le ha dado señales contradictorias. O que la madre recorrió la misma ruta en bicicleta cuando era joven y conoció su primer amor en ese viaje. Esa información sobre los personajes nunca se entreteje activamente en puntos narrativos destacables, sino que queda flotando en el éter de una narración cada vez más esparcida a medida que avanza el viaje. Algo que sí ocurre es la llegada de otro muchacho adolescente que vemos por primera vez nadando junto a Didac en el río, etéreo y completamente desnudo como un tritón. Su presencia fantasmagórica seguirá apareciendo dondequiera que vaya Didac, encendiendo un romance sin palabras que puede que exista o no solo en la cabeza del protagonista.
Quienes dependen de arcos completos y resoluciones claras tendrán dificultades con Strange River. Muxart no solo prescinde de todo lo que podría otorgar más estructura y sustancia a su guion; construye deliberadamente la película de un modo que desafía la coherencia básica. Justo cuando crees que una escena empieza a tomar forma, corta abruptamente a otra cosa por completo. El viaje de un día puede verse reducido a una secuencia de un minuto insertada entre largos primeros planos de cuerpos tostados por el sol o miradas melancólicas. Causa y efecto se tiran por la ventana; pronto uno se da cuenta de que ya no está ni seguro de cuánto tiempo llevan los personajes en la carretera ni de dónde se encuentran. La edición intuitiva (si no directamente críptica) crea una sensación de repetición mundana que indudablemente frustrará a muchos espectadores. Sin embargo, quienes se entreguen al ritmo hipnótico de la película quizá lleguen a saborear la aceleración de dejar atrás la razón y adentrarse en lo desconocido.
La segunda mitad de Strange River, en particular, contiene muchos momentos deliciosamente alucinantes que no pueden explicarse con facilidad. Vemos a Didac deambulando por lo que parece ser un lugar de cruising gay donde jóvenes intercambian miradas calientes y significativas. Al final de su paseo ve a una mujer encerrada en un beso apasionado con uno de esos jóvenes, llama “madre” a la figura oscurecida y sale corriendo. No sabemos cómo Didac llegó a ese lugar ni si la mujer que ve es realmente su madre y, de ser así, a quién está besando y por qué. En la escena siguiente la familia ya ha seguido su camino sin haber abordado jamás el incidente. ¿Hay que pensar que todo fue un sueño? ¿O este viaje por el extraño río ofreció de algún modo a una madre de tres hijos la oportunidad de entrar en su pasado y enmendar algunos remordimientos? Hacia el final del film, la incongruencia entre lo plausible y lo que sucede crece cada vez más. Habrá tramos en los que un personaje se verá abandonado y solo o, en el caso de Didac, acompañado por el misterioso chico que no habla. Saber que lo que se ve no puede estar ocurriendo realmente permite regodearse en ese suave e infinito intermedio, y durante un tiempo parece que todo estará bien.
Fotografiada con belleza por Pablo Paloma y con una banda sonora evocadora de Nika Son, Strange River tiene la textura cálida y difusa de algo recordado. Por su paleta terrosa, su iluminación natural y su notable foco visual en el cuerpo humano, también resulta, en el sentido más halagador, imposible de fechar. Muxart quizá aún no haya demostrado plenamente su fortaleza en la narración, pero este enigmático y cautivador debut nos ha presentado, sin duda, a un cineasta que entiende y posee el vocabulario para describir los misterios de la experiencia humana.
Strange River se estrenó en el Festival de Cine de Venecia de 2025.
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